Joan Seguí, director de L’ETNO: “Un museo es más que un contenedor de patrimonio: es una infraestructura cívica”

Quienes habitamos y amamos esta tierra sabemos que buena parte de nuestro patrimonio está en nuestro día a día. Que se cultiva. Que es mucho más que una fotografía en tonos sepia para la nostalgia. Por eso hemos ido a buscar la mirada de alguien que lleva más de una década tratando el patrimonio como algo vivo.

Joan Seguí dirige el Museu Valencià d’Etnologia (L’ETNO) y, bajo su liderazgo, el museo recibió en 2023 el galardón EMYA al Mejor Museo Europeo, un reconocimiento que recibió teniendo en frente a museos de altos vuelos y grandes presupuestos.

Con él hablamos de cómo se traduce a una sala la idea de convertir lo local en universal y de lo que puede hacer una comarca pequeña con su patrimonio, incluso antes de pensar en exponerlo.

Pregunta: La idea parece simple. Tomar un elemento local y contar con él una historia más grande. Sobre el papel suena bien, pero ¿cómo se traduce eso a una sala de museo?

Respuesta:  Cuando trabajas en un museo de etnología, lo primero que tienes es la colección y esa colección la construye la propia gente del territorio. Aquí, todas las semanas, llama alguien porque ha vendido la casa de sus padres y no sabe qué hacer con las cosas que tiene. Casi nunca nos dicen “esto vale tanto” porque hablamos de un valor sentimental, de recuerdo, no de mercado. Hablamos de un material que pueden ser las gafas o la maleta con la que tu padre emigró en los años cincuenta y eso te conecta muy fuerte con lo local, con lo tuyo. Es una vitamina que te da mucha fuerza al principio. El problema llega después: una vez que la gente de aquí ha vivido esa conexión, ¿cómo consigues que le importe a una visitante, a un visitante sueco, a un alemán, a un portugués? Puede entender que esas gafas o la maleta con la que tu padre emigró en los años cincuenta te importen a ti. Pero él tiene sus propias gafas. Ahí está la dificultad. Y ahí está también la única manera de no volverte irrelevante fuera de tu propio territorio.

Cuando alguien que no tiene nada que ver con tu museo sale de una visita diciendo que le ha servido para reflexionar sobre su propia realidad. Entonces, lo que has construido tiene una utilidad que va mucho más allá de las fronteras de la institución.

P: ¿Y cómo se resuelve esa dificultad?

R:  No hay fórmula, hay prueba y error. Nunca hemos sido un museo ready-made, de los que se levantan una mañana, compran la colección ya hecha y montan la sala. En este museo hemos hecho muchas pruebas y, a base de equivocarnos, fuimos aprendiendo a hablar de las gafas y las maletas de mi padre en un lenguaje que alguien de fuera pudiera entender; y no solo entender: que se sintiera involucrado en el guion. Ese es el punto. Cuando alguien que no tiene nada que ver con tu museo sale de una visita diciendo que le ha servido para reflexionar sobre su propia realidad. Entonces, lo que has construido tiene una utilidad que va mucho más allá de las fronteras de la institución.

P: En 2023 llegó el EMYA, el premio al mejor museo europeo. ¿Qué significa ese reconocimiento?

R: Es un premio que creó en 1977 Kenneth Hudson, un museólogo inglés, con una idea muy concreta detrás: premiar la calidad pública. El galardón no señala solo a museos de cultura popular como el nuestro, sino que competíamos con todo tipo de museos, algunos muy importantes, con presupuestos cien veces mayores que el nuestro. Fuimos con nuestras gafas y nuestras maletas a competir frente a un gran museo de arte de Zúrich. Cuando nos lo dieron fue una explosión de alegría enorme porque no lo esperábamos, sinceramente. Pero más allá de la anécdota, lo que ese premio nos dio fue un marco más amplio para pensar: nos obligó a dejar de dar por buenas cosas que hacíamos con toda la honestidad del mundo, sin saber del todo si eran correctas. Nos situó en la misma frecuencia que los museos que en Europa están marcando el tono. Y eso, siendo un museo valenciano que ha tocado mucho de oído, es mucho.

P: Coordina también la Etnoxarxa, la red de museos etnológicos locales de la provincia. ¿Qué papel juegan los pequeños museos locales?

R: Es un poco nuestra razón de ser. Ahora mismo son unos 34 museos y podrían ser 65 si hiciera falta, porque la cultura popular está en todas partes: toca todo lo que generamos los seres humanos cuando no estamos haciendo obras de arte o arqueología. Primero la red propuso una reunión anual para formación, luego hubo una serie de publicaciones sobre los museos locales y, en los últimos años, parte del presupuesto de este museo se reparte en subvenciones para que esos otros pequeños museos hagan realidad proyectos que tenían guardados en un cajón. Es importante aclarar que L’ETNO no es el padre ni la madre de nadie. Hay una horizontalidad real y sentimos que nuestro destino es un poco el suyo, y al revés.

La cultura popular no es solo aquello en blanco y negro que ya pasó: también es lo que está pasando ahora mismo

P.: Habla a menudo de patrimonio que sigue escondido, como el de la almadraba de Benidorm. ¿Se agota alguna vez esa lista de riquezas ocultas?

R.: Nunca. Porque la cultura popular no es solo aquello en blanco y negro que ya pasó: también es lo que está pasando ahora mismo, en esta misma mesa. Si la miras con ganas de verla de verdad, sin prioridades puestas de antemano, cualquier cultura (incluida la nuestra) es tan compleja que no se agota jamás. Nos jubilaremos nosotros, se jubilará quien venga después y seguirá habiendo almadrabas por descubrir. Para un museo, eso es una buena noticia.

P.: En nuestra comarca, fundamentalmente vitivinícola, el patrimonio no está solo en fotografías antiguas: está en la tierra que la gente sigue cultivando y el vino que se sigue elaborando cada año. ¿Eso cambia las reglas del juego?

R.: Cambia todo, porque obliga a asumir un riesgo que el patrimonio ya cerrado no exige. Hablar de fotografías de los años cuarenta es agradecido: quien lo vivió puede matizarte algún detalle, pero en general lo recibe con cariño, es un blanco y negro cómodo. El problema, y también la gracia, llega cuando vinculas eso a lo que pasa hoy: al cambio urbano, a la turistificación, a cómo ha cambiado el paisaje. Ahí es donde a alguien le puede sonar tu opinión a politizada, y ahí es donde la mayoría de los museos de etnografía prefieren no entrar. Nosotros hemos tenido exposiciones sobre la Valencia en blanco y negro que han sido de las más visitadas de la casa, y las hicimos sabiendo lo que hacíamos. Pero esa fotografía sola no te convierte en un museo relevante. Te conviertes en relevante cuando entras a leer esas imágenes desde una mirada contemporánea de verdad, cuando dejas la etnografía descriptiva y te acercas a algo parecido a la sociología. Con un patrimonio vivo (que se cultiva, se elabora y se discute en la barra de un bar) ese salto es todavía más urgente.

P.: ¿Qué hacer? ¿Declarar la guerra a la nostalgia?

R.: Nosotros casi le declaramos la guerra a la nostalgia al principio y esa guerra la perdimos: la gente tiene, inevitablemente, una mirada nostálgica sobre un pasado que, si te pones a mirar en detalle, casi nadie ha vivido de verdad. Así que dejamos esa batalla y nos quedamos con otra: la guerra a la irrelevancia, a ser una institución pública que habla siempre de perfil, de forma cómoda. No es la función de un museo de cultura popular limitarse a describir (tampoco lo es la de un museo de historia o de arqueología, aunque a veces se olvide). A los museos de etnografía nos toca perder esa comodidad de solo describir. Es mentira, además, que se pueda describir sin más: en cuanto describes ya estás decidiendo dónde pones el foco y qué dejas en la sombra. Mejor asumirlo desde el principio.

El patrimonio hay que manejarlo bien y transmitirlo a las nuevas generaciones para que sigan vinculadas al pueblo, aunque vivan entre semana en la ciudad, y para vincular también a quien llegue de fuera

P.: Con todo esto sobre la mesa, ¿qué papel tiene el patrimonio en una comarca de interior, con la despoblación de fondo?

R.:  Le veo todo el futuro del mundo. Y lo digo viniendo yo mismo de una zona de interior porque nuestro gran reto no es tanto la despoblación, sino la necesidad de no perder la vinculación identitaria con el patrimonio. Por eso no debemos tratarlo como un producto turístico sin más. Hay que manejarlo bien y transmitirlo a las nuevas generaciones para que sigan vinculadas al pueblo, aunque vivan entre semana en la ciudad, y para vincular también a quien llegue de fuera, de Sudamérica, de Centroamérica, del este de Europa. Por otra parte, hay que considerar lo que empezamos a ver en las zonas urbanas y es que hemos convertido el patrimonio en una máquina tan pegada al turismo que provoca rechazo. Bilbao no va a levantar un segundo Guggenheim, aunque tuvieran el dinero para hacerlo. Tenemos que olvidar que el museo es un espacio para atraer turistas y defender que el patrimonio vale la pena más allá de lo monetario: porque es parte del saber hacer de un territorio, porque nos reconocemos en él.

Además, hay una parte de esto de la que se habla poco: un museo es más que un contenedor de patrimonio, es una infraestructura cívica. A L’ETNO viene gente con alzhéimer a relajarse un rato; vienen cuidadoras de personas mayores a hablar de cuánto echan de menos a su familia en Sudamérica. Un museo local en Requena o en Utiel podría perfectamente colaborar con el centro de salud del pueblo. Eso no rompe el patrimonio si se hace con sentido común: cabe un yoga en una sala. Y cuando le puedes decir a un político que quince personas con alzhéimer están mejor gestionadas gracias al museo y la parte médica confirma que necesitan menos medicación, ya no estás hablando solo de cultura. Eso es mucho más realista y va a funcionar mucho mejor, a largo plazo, que seguir soñando con ser el próximo Guggenheim.

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