El pasado 2 de julio se celebró el Día Internacional de las Cooperativas. Contemplar esa fecha desde Coviñas impone una reflexión. Porque sesenta años después de fundar este proyecto, tres mil familias siguen cultivando la tierra y manteniendo un paisaje único: un auténtico mar de vides compuesto por centenares de parcelas ubicadas entre Requena, Villargordo del Cabriel y Venta del Moro. No hace falta ceremonia para entender la importancia de esta cooperativa para nuestro patrimonio: basta con mirar el paisaje.
La sede de Grupo Coviñas ocupa un extremo de la avenida Rafael Duyos, en Requena, pero su verdadero territorio es enorme. Se extiende en parcelas de viñedo que suman más de diez mil hectáreas sobre suelos calizo-arcillosos, todos a más de setecientos metros de altitud. Casi el 40% del viñedo protegido por la D.O. Utiel-Requena pertenece, de un modo u otro, a este entramado cooperativo. Ninguna otra bodega de la comarca reúne bajo un mismo proyecto tantas manos distintas.
Ese viñedo se compone de miles de pequeñas parcelas. Unas son heredadas, otras compras realizadas con los ahorros de una vendimia especialmente buena. Cada una conserva su nombre de paraje y su propia historia familiar. Y todas confluyen, cada otoño, en los mismos depósitos.
«Para muchas familias, esas viñas pertenecieron a sus padres o a sus abuelos —explica Patricia Álvarez, directora de marketing de Coviñas—. Son parcelas en las que han trabajado toda la vida y donde muchos vendimiaban desde pequeños.» Ese vínculo, más emocional que económico, es el que ha mantenido vivo el viñedo incluso en los años en que arrancarlo habría sido más rentable.

El cooperativismo agrario hunde sus raíces en el siglo XIX pero fue en los años treinta del siglo XX cuando la legislación terminó por darle forma en toda España. Y en una comarca tan dependiente de la vid como la nuestra encontró su razón de ser más clara: una sola familia quizá podría sostener la inversión que suponía una bodega, pero no la capacidad para competir en un mercado cada vez más amplio. Juntas, sí podían.
Diez cooperativas, un solo destino
Corría el año 1965 cuando diez cooperativas de la zona decidieron unir sus fuerzas para competir mejor: eran las de Los Isidros, Requena, La Portera, Roma, Las Monjas, San Antonio, Campo Arcís, Villargordo, Barrio Arroyo y Los Duques. Fue una decisión colectiva tomada en tiempos duros, cuando cada pueblo confiaba en el vino para sostener su futuro. Dos años después, en 1967, la agrupación adquirió una bodega y sacó al mercado su primer embotellado de calidad: el Vino de la Reina, bautizado en honor a la Reina de la Vendimia. Aquel gesto fundacional que agrupaba a diez comunidades en un mismo proyecto sigue siendo hoy la columna vertebral de Coviñas, una cooperativa de segundo grado que multiplica la fuerza de las cooperativas locales que la formaron.

Conservar las cepas y la memoria
En comarcas donde se primó durante mucho tiempo la productividad, lo habitual habría sido sustituir las cepas más viejas en busca de mayor rendimiento. En el ámbito de Coviñas, sin embargo, buena parte de ese viñedo se conservó y hoy es la base de los vinos más reconocidos de la bodega: Veterum Vitium y Adnos. Ambos se elaboran con uvas de cepas de bobal que superan los ochenta años, cultivadas en terrenos calizo-arcillosos en lugares donde la altitud hace que las las noches de verano sean frescas: así la uva llega a la bodega con la acidez intacta. Ese viñedo viejo funciona como memoria agrícola en pie: se sostiene porque miles de familias decidieron no arrancarlo cuando resultaba más rentable hacerlo.
Alrededor de esas cepas se conserva, además, un paisaje que casi nunca se menciona: los bancales y las hormas de piedra levantadas a mano por generaciones anteriores, los ribazos que separan las parcelas, los aljibes tradicionales, los caminos rurales y las franjas de vegetación que sirven de refugio a aves e insectos. «Son elementos que se han mantenido casi sin darse cuenta, porque siempre han formado parte del campo y de la manera tradicional de trabajarlo —apunta Álvarez—. Cuando se abandona una parcela, no desaparece únicamente una viña: poco a poco también se pierde todo ese entorno.»
Ese trabajo silencioso sobre el viñedo viejo no ha pasado inadvertido para quienes conocen el vino a escala internacional. En 2022, el Berliner Wine Trophy distinguió a Coviñas como mejor bodega cooperativa del mundo, un reconocimiento a la entidad que se suma a las medallas obtenidas por sus vinos en Burdeos, en Bruselas o en los Decanter World Wine Awards. Hace apenas unas semanas, el Aula Bobal Tempranillo de la bodega recibía el Baco de Oro, en uno de los concursos más veteranos del calendario nacional.

Lo que está en juego
Los premios y las cifras cuentan solo una parte de la historia. Porque, desde dentro de la cooperativa, se reconoce que la continuidad de este paisaje no está garantizada. Patricia Álvarez señala tres presiones concretas: el cambio climático, la rentabilidad y el relevo generacional. Veranos más largos, sequías intensas y episodios de pedrisco capaces de arruinar en una tarde el trabajo de todo un año han obligado a introducir el riego por goteo incluso en las cepas más viejas, no para producir más, sino para garantizar que sobrevivan a los años más duros. A esto se suma la presión económica: cuando baja el precio de la uva, el viñedo menos productivo —a menudo el más antiguo y el de mayor valor patrimonial— es también el que corre más riesgo de desaparecer.
Pero la preocupación mayor, admite Álvarez, es otra: “El cariño por la tierra es importante, pero no basta si el campo no permite vivir dignamente”. Si la viticultura no ofrece a las nuevas generaciones una actividad rentable y profesionalizada, ni el cooperativismo ni los premios internacionales bastarán para sostener sobre el terreno lo que hoy sostienen tres mil familias.

Un modelo que sigue invirtiendo
El primero de junio, el secretario autonómico de Agricultura visitó las instalaciones de Requena para anunciar ayudas destinadas a mejorar la capacidad de transformación y comercialización de bodegas de la Comunitat Valenciana. Coviñas figuraba entre las beneficiarias. La cifra importa menos que lo que revela: seis décadas después de su fundación, el modelo cooperativo sigue atrayendo la inversión necesaria para renovar instalaciones sin que ninguna familia tenga que asumir sola ese riesgo. Es la misma lógica de 1965, puesta a prueba ahora en un mercado que se juega en ferias internacionales y en concursos que valoran cada añada al detalle.
El 2 de julio, mientras se celebraba el Día Internacional de las Cooperativas, no hacía falta que nadie en Coviñas explicara el significado de la fecha. Cada vendimia, casi tres mil familias vuelven a demostrar que un territorio entero puede sostenerse sobre sus cepas.
Como resume la propia Álvarez: «Al final, la mejor manera de conservar el paisaje es que las familias puedan continuar viviendo de él».
FOTOS cedidas por Coviñas






