Cronistas oficiales: notarios de la historia para sostener el presente

Utiel ha puesto luz sobre una figura silenciosa. En diciembre de 2025, el Ayuntamiento entregó sus Medallas al Mérito Municipal a José Luis Martínez Martínez, cronista oficial de Utiel en activo, y a título póstumo a Miguel Cremades Martínez, historiador que dedicó años a estudiar la economía, la sociedad y la historia utielana. Junto a estas figuras, se reconoció también la de Mariano López Marín, cronista oficial de Salvacañete, por su relevante labor educativa y su intensa dedicación a la difusión del patrimonio utielano y de la Serranía Baja de Cuenca.

 

Este gesto funciona como una invitación a ver que entre nosotros hay un servicio público sin ventanilla que conoce archivos, tradiciones, topónimos, aniversarios y patrimonio a fuerza de método, paciencia y vocación.

Sobre el papel, el cronista oficial es un nombramiento honorífico. En la práctica, es la persona a la que se llama en el pueblo cuando el presente necesita del pasado para orientarse: una fecha dudosa, una calle por nombrar, una tradición que se apaga, una obra que roza un elemento protegido, un aniversario que exige rigor…

Fernando Moya, cronista de Fuenterrobles y decano de los cronistas de la comarca, lo explica con claridad: “en otros tiempos, el cronista fue el que relataba sucesos de su época, como un periodista. Pero hoy nos dedicamos más a mirar hacia atrás y a entender mejor la historia de nuestro pueblo”. Él, por ejemplo, ejerce en una localidad donde parte de la documentación se perdió en la Guerra Civil y considera que su tarea ha sido la de “recuperar parte de esa memoria perdida para devolvérsela otra vez al pueblo”. Y en esa devolución está el derecho a saber de dónde venimos.

Rigor y archivo: ordenar el pasado para que el presente se entienda

En Utiel, el reconocimiento público resume bien ese primer valor: método. Miguel Cremades Martínez encarnó el perfil de investigador con impacto cívico; José Luis Martínez Martínez, nombrado cronista en 2022, representa el impulso divulgador y la capacidad de hacer accesible lo disperso, además de su dimensión filantrópica mediante donaciones a espacios municipales de memoria.

En Requena, el trabajo del cronista Fermín Pardo y Pardo amplía el concepto de archivo porque él no sólo trabaja con documentos, sino también con sonidos, cultura popular y patrimonio inmaterial. Su aportación subraya una idea decisiva: la identidad no vive únicamente en la piedra o en las actas, sino también en la música, el rito, el habla y la memoria cotidiana.

Y todos ellos, como recuerda Fernando Moya, agregan a su trabajo el valor de la continuidad, pues trabajan al margen de legislaturas. Eso significa que unos responsables municipales lo requerirán más y otros menos, pero el cronista (que tiene un cargo vitalicio) trabaja siempre.

Asesoría institucional: historiadores sin sueldo, pero con atribuciones

Hay otro papel menos visible, pero a menudo más urgente: el cronista como asesor del ayuntamiento. Moya lo sintetiza así: “somos una especie de notarios del tiempo”, y añade una función práctica: orientar decisiones, desde el nombre de una calle hasta la conmemoración de un aniversario o la protección de un bien.

Nacho Latorre, cronista oficial de Venta del Moro, es todavía más explícito al desmontar el tópico del cargo decorativo: “no somos cargos honoríficos porque tenemos misiones muy concretas; otra cosa muy diferente es que no cobremos”. Y cuenta varios ejemplos como los informes realizados para pedir que declararan bienes inmateriales los mayos, el Judas y las hogueras de su pueblo, los informes históricos para obras, las asesoría para proyectos de patrimonio o el apoyo a iniciativas turísticas y educativas.

Ahí está uno de los rasgos más valiosos del cronista: conecta piezas. Archivo, callejero, fiestas, fuentes, puentes, memoria oral… y administración.

Custodia y alerta ante el patrimonio. Divulgación y comunidad

También hay un valor de los cronistas que suele incomodar y que precisamente por eso es tan importante: muchas veces se convierten en la voz que advierte. Resultan molestos cuando se ocupan de recordar que un elemento es antiguo, que está protegido o que forma parte del patrimonio del pueblo. Dan la batalla para evitar actuaciones agresivas o poco respetuosas que ellos transforman en informes, llamadas, alegaciones y perseverancia.

Los cronistas también hacen comunidad a través del conocimiento. En Sinarcas, el cronista Pascual Iranzo realiza recorridos que convierten la historia en experiencia compartida: la historia contada en formato paseo, con conversación y preguntas: una manera eficaz de traspasar el testigo generacional.

En Venta del Moro, Ignacio Latorre entiende la figura del cronista como la de un agitador cultural: semanas culturales, charlas, apoyo a aldeas y juntas vecinales y acompañamiento a quien guarda papeles o recuerdos que podrían perderse. Cree en la necesidad de conservarlo todo. “Todo es todo”, resume Latorre al hablar de un término municipal extenso y diverso, donde el patrimonio no es sólo monumental: también es botánica, oralidad, fiestas, documentos, caminos y nombres.

Cada cronista tiene su estilo y sus gustos. Cada uno su entorno. Pero en la memoria de todos late un precedente: el de Feliciano Yeves, recordado por cada uno de ellos como el maestro culto y cercano que fue, capaz de unir el registro erudito con el giro popular y socarrón. Un estilo que enseñaba sin imponer y que hacía del conocimiento un placer compartido.

Utiel, al premiar a sus cronistas, nos ha recordado que, sin un relato bien documentado, un territorio decide a ciegas.

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