Restaurar una danza tradicional arranca siempre de la misma pregunta: ¿queda alguien vivo que recuerde los pasos? El método que ha guiado medio siglo de trabajo en nuestra comarca empieza ahí, en la memoria viva, antes que en cualquier fotografía o partitura antigua.
El primer paso es la búsqueda de esa memoria oral. Quien investiga localiza a la gente mayor del pueblo —a menudo una sola persona, la última que bailó aquella pieza en su juventud— y le pide que reconstruya, paso a paso y verso a verso, un baile que puede llevar décadas sin interpretarse. Rara vez basta una sola fuente: distintos informantes recuerdan fragmentos distintos, y hay que cotejarlos entre sí, además de con romances, coplas o melodías ya documentados en pueblos vecinos con tradiciones parecidas.
Con esos fragmentos se reconstruye la coreografía completa, y ahí empieza la segunda fase: enseñarla a un grupo dispuesto a aprenderla, ensayarla y corregirla. El grupo Cantares Viejos, antes Jaraíz o las personas que integraron Alimara, cumplen esa función; sin un grupo así, la investigación se queda en un cuaderno de notas.
Y ¿cuándo se da por cumplida una restauración? Cuando alguien del pueblo vuelve a interpretar ese baile por puro placer.




