Arqueóloga, investigadora y divulgadora, Consuelo Mata Parreño, profesora de la Universitat de València, ha dedicado más de cuatro décadas a estudiar el yacimiento de Kelin, en Caudete de las Fuentes, uno de los enclaves ibéricos más importantes de nuestra Comunidad Autónoma. En esta conversación reflexiona sobre qué significa este espacio, sobre la importancia del vino en la cultura ibérica y el reto siempre pendiente de hacer comprensible el pasado para la ciudadanía de hoy.
Tenemos la imagen de personas con pinceles retirando tierra, tomando notas y haciendo marcas en el suelo, pero realmente, ¿qué se hace en un yacimiento arqueológico?
Lo primero que hay que hacer es descubrirlo. A veces alguien avisa de que han aparecido restos —cerámicas, monedas, una escultura— y se visita el lugar. Muchas veces, mientas se está labrando un campo. En otras ocasiones, hacemos lo que llamamos una prospección: miramos el suelo con detalle para detectar cerámicas, sílex o indicios de cualquier tipo que nos confirmen si allí hay algún resto arqueológico.
A partir de ahí se evalúa si merece la pena excavar, algo que solo se hará realidad si hay un proyecto y financiación. Porque hoy no se excava por excavar: todo se hace con equipos formados por diversos especialistas, objetivos claros y unos plazos que suelen depender del dinero disponible.
¿En qué consiste excavar?
Excavar consiste en retirar la tierra poco a poco, documentando absolutamente todo. Si aparecen muros, se fotografían, se dibujan y se miden. Si la cerámica, o cualquier otro objeto, están revueltos, se recogen en conjunto; si están en posición original, se marca exactamente dónde aparece. Y no solo se recogen objetos visibles: también tierra, para recuperar semillas, carbones o huesos diminutos mediante flotación con agua. Es un trabajo muy meticuloso.
Excavar consiste en retirar la tierra poco a poco, documentando absolutamente todo.
¿Cómo llegó a estos estudios? ¿cuándo pisó por primera vez un yacimiento?
Estudiaba Filosofía y Letras (entonces no existían los estudios de Historia como tales) y un día me planté en la puerta de una clase de Arqueología y le dije a la profesora que quería excavar. No sé muy bien por qué. Por pura curiosidad. Aquella profesora era Carmen Aranegui Gascó y excavaba en el Grau Vell de Sagunto. Montó un equipo de estudiantes voluntarios y allí empecé. Esa fue mi primera excavación. A partir de ahí, ya no he parado de trabajar en nuestro pasado más remoto. Porque siempre me ha parecido muy interesante conocer lo cercano, lo que tenemos al lado.
El personaje de Indiana Jones decía que la arqueología era más archivo que excavación …
Y tenía razón. La arqueología implica muchísima biblioteca y muchísimo laboratorio. Yo excavaba normalmente un mes al año. Ese mes se utiliza para extraer el material. Y luego te pasas todo el invierno lavándolo, siglándolo, dibujándolo, fotografiándolo y estudiándolo. El tiempo de despacho es mucho mayor que el de campo.
Lleva vinculada a Kelin desde finales de los años setenta, ¿qué ha cambiado desde entonces?
La metodología ha cambiado mucho. Antes todo se hacía a mano. Hoy tenemos drones que permiten hacer fotografías cenitales perfectas o estaciones totales para medir con precisión milimétrica… Antes hacías una foto y no sabías si había salido bien hasta revelarla. Ahora lo ves al momento y con mucha precisión. Pero, en esencia, excavar sigue siendo lo mismo: interpretar estratos, leer la tierra.
Después de décadas aún hay mucho terreno por excavar, ¿por qué?
Kelin tiene unas diez hectáreas y apenas una está vallada y estudiada en profundidad. El resto sigue bajo tierra y además en su mayoría es terreno cultivado y particular. No obstante, no se puede excavar todo (ni sería conveniente) porque excavar implica también consolidar y mantener. Pero sí sabemos que lo que queda es enorme. Y eso quiere decir que la historia todavía no está cerrada.
Kelin tiene unas diez hectáreas y apenas una está vallada y estudiada en profundidad. El resto sigue bajo tierra
Pero ya sabemos mucho de esta ciudad. La primera de ellas, su nombre
Sí, y eso es algo excepcional. Lo conocemos por las leyendas ibéricas en las monedas: Kelin. Sólo hay dos yacimientos valencianos más que podamos identificar con seguridad su nombre antiguo (Arse-Saguntum y Saiti-Saetabis). Eso nos permite situarla en el mapa histórico con identidad propia. No es solo “un poblado ibérico”: es una ciudad con nombre e importancia.
¿Por qué es tan importante Kelin?
Porque tiene algo excepcional: una secuencia estratigráfica continua que nos permite estudiar desde el Bronce Hierro Antiguo (s. VII a. C.) hasta época ibérica, sin interrupción. En Kelin podemos ver cómo se pasa de una cultura sin hierro ni torno, con cerámica a mano, a otra que incorpora el hierro, el torno, que tiene nuevos cultivos como la vid, el almendro o el olivo, y una economía mucho más compleja.
Eso no ocurre en casi ningún yacimiento del territorio valenciano. Kelin permite ver esa evolución completa durante casi 700 años.
Y en esa evolución aparece el vino.
Sí. En Kelin encontramos semillas de vid ya en el siglo VII a. C., según dataciones realizadas con carbono 14. Al principio son pocas, pero indican que se empieza a plantar viña. Después aparecen ánforas, primero importadas, luego locales, vajilla para beber vino —las primeras copas son griegas— y, finalmente, grandes cantidades de semillas y recipientes relacionados con la producción y el consumo del vino.
Para hablar de una cultura vitivinícola no basta con encontrar vid: necesitamos tener estructuras de producción, ánforas, vajilla. Todo eso aparece progresivamente en la ciudad de Kelin hasta el momento en que, en una de las casas excavadas, encontramos unas 70 ánforas para almacenar vino. Demasiadas para consumo doméstico. Probablemente es porque estamos ante un comerciante de vino.
¿Cómo era la ciudad de Kelin en su momento de esplendor?
Una ciudad extensa, de unas diez hectáreas, con calles anchas por donde pasaban carros, manzanas bien organizadas y casas de varias habitaciones. En esas casas, cada espacio tenía una función: el hogar central, la bodega, el molino, el telar, la forja.
La vida cotidiana no era tan distinta de la de nuestros abuelos en los pueblos antes de que llegara a ellos la luz eléctrica o el agua corriente. En Kelin se vivía alrededor del fuego, se iba al río a por agua, se trabajaba en cuclillas. Era una sociedad compleja y profundamente ligada al territorio.
En Kelin, la vida cotidiana no era tan distinta de la de nuestros abuelos en los pueblos antes de que llegara a ellos la luz eléctrica o el agua corriente
¿Cuánta gente pudo vivir allí?
Es difícil de calcular. Hemos hecho proyecciones y, en el momento de máximo esplendor, suponemos que podrían vivir allí unas 4.000 personas, pero hay que insistir en que son estimaciones. La arqueología trabaja con fotos fijas y la vida es movimiento: familias que crecen, se reducen, se reagrupan.
Trabajando sobre Kelin ha insistido mucho en la divulgación, con sus jornadas de puertas abiertas. ¿Qué se ha conseguido?
Poco a poco hemos logrado que la gente conozca el sitio. Pero no es fácil: Kelin no es un yacimiento espectacular a primera vista. Es difícil ver allí algo más que piedras. Por eso las visitas guiadas son fundamentales. Porque cuando alguien te lo explica, lo entiendes.
El gran problema es la falta de presupuesto para mantener personal en el yacimiento. Ese sería el verdadero premio: que pudiera estar abierto de forma regular, con guías, como ocurre en otros lugares arqueológicos.
Para terminar: si la gente de Kelin pudiera hablarnos hoy, ¿qué dirían de nosotros?
Probablemente dirían que estamos locos. Verían coches, prisas, desconexión de la naturaleza… Ellos vivían de esa naturaleza y, por tanto, la cuidaban. Quizá ese sea el mensaje más claro que nos dejarían.





